dilluns, 29 de març de 2010

La darrera paraula de Monsenyor Romero.

S'han complert 30 anys de l'assassinat de de Monsenyor Romero a El Salvador. Aquell 24 de març de 1980 el món va poder comprovar la trista realitat i la bogeria que vivia aquest país. A El Salvador, l'arquebisbe Oscar Arnulfo Romero va comprovar que la justícia, com les serps, només mossega als que van descalços. Ell va morir a trets, per denunciar que al seu país els descalços naixien ja condemnats per endavant, per delicte de naixement.

El resultat de les darreres eleccions a El Salvador, no és d'alguna manera un homenatge? Un homenatge a l'arquebisbe Romero i als milers que com ell van morir lluitant per una justícia justa en el regne de la injustícia?

De vegades acaben malament les històries de la Història, però la HISTÔRIA, no acaba. Quan diu adéu, diu fins després. Ella va fent camí amb el temps i va esclarint coses. La HISTÔRIA va posant les coses i les persones al seu lloc. La HISTÔRIA, encara que costi, quasi mai perdona i quasi sempre fa justícia.

El bisbe Pere Casaldàliga va escriure -i va llegir davant de la seva tomba- el següent poema dedicat a Monsenyor Romero.

 

San Romero de América, pastor y mártir.

El ángel del Señor anunció en la víspera...

El corazón de El salvador marcaba
24 de marzo y de agonía.
Tú ofrecías el Pan,
el Cuerpo Vivo
el triturado cuerpo de tu Pueblo;
Su derramada Sangre victoriosa
¡la sangre campesina de tu Pueblo en masacre
que ha de teñir en vinos de alegría la aurora conjurada!

El ángel del Señor anunció en la víspera,
y el Verbo se hizo muerte, otra vez, en tu muerte;
como se hace muerte, cada día, en la carne desnuda de tu Pueblo.

¡Y se hizo vida nueva
en nuestra vieja Iglesia!


Estamos otra vez en pie de testimonio,
¡San Romero de América, pastor y mártir nuestro!
Romero de la paz casi imposible en esta tierra en guerra.
Romero en flor morada de la esperanza incólume de todo el Continente.
Romero de la Pascua Latinoamericana.
Pobre pastor glorioso, asesinado a sueldo, a dólar, a divisa.

Como Jesús, por orden del Imperio.
¡Pobre pastor glorioso,
abandonado
por tus propios hermanos de báculo y de Mesa...!
(Las curias no podían entenderte:
ninguna sinagoga bien montada puede entender a Cristo).

Tu pobrería sí te acompañaba,
en desespero fiel,
pasto y rebaño, a un tiempo, de tu misión profética.
El Pueblo te hizo santo.
La hora de tu Pueblo te consagró en el kairós.
Los pobres te enseñaron a leer el Evangelio.

Como un hermano herido por tanta muerte hermana,
tú sabías llorar, solo, en el Huerto.
Sabías tener miedo, como un hombre en combate.
¡Pero sabías dar a tu palabra, libre, su timbre de campana!

Y supiste beber el doble cáliz del Altar y del Pueblo,
con una sola mano consagrada al servicio.
América Latina ya te ha puesto en su gloria de Bernini
en la espuma aureola de sus mares,
en el dosel airado de los Andes alertos,
en la canción de todos sus caminos,
en el calvario nuevo de todas sus prisiones,
de todas sus trincheras,
de todos sus altares...
¡En el ara segura del corazón insomne de sus hijos!

San Romero de América, pastor y mártir nuestro:
¡nadie hará callar tu última homilía!